Bronca 2: el cuento del capital y la hormiga
Antes de empezar a hablar de Bronca 2, no puedo ser objetivo ante el regalo que supone el retorno de una de las mejores series de Netflix. La primera me fascinó por su capacidad de hablar de la frustración de toda una generación desde un prisma horizontal, allanando las clases sociales y construyendo con mucho cinismo y humor negro una narrativa única que bebe de obras maestras coreanas como Parásitos y del realismo mágico.
Índice
Su segunda temporada empaca todo esto y le da una nueva vuelta, encaja esa ira que llevaba a los protagonistas a una espiral de autodestrucción y destrucción mutua y la eleva a todo un sistema. El mismo sistema que en la primera temporada había devorado las esperanzas de esa generación marcada por aceptar que sus condiciones de vida nunca estarán a la altura de las de sus padres. Ese sistema que nos ha llevado a la frustración, el miedo a perder, la falta de confianza y el síndrome del impostor, aquí se muestra con más transparencia y cinismo que en la anterior.
«La inestabilidad lleva a la ira. La ira lleva al odio. El odio lleva…»
Todos recordaréis las famosas palabras de Yoda. Lee Sung Jin las toma y las subvierte. El odio no lleva al sufrimiento, bueno, sí, pero es algo temporal ya que su aceptación, pese a llevar al lado oscuro, también lleva a una paz interna.
Si en la primera la espiral de violencia llevó a que dos seres perdidos y enfrentados se encontraran, se aceptaran y se dieran cuenta de su propio valor y el de su “rival”, en la segunda todo eso queda en nada, porque el sistema devora estas disidencias. La hormiga que hace su trabajo sin salirse del camino es aplastada irremediablemente por otras más grandes. No hay una moraleja en esta fábula, solo son víctimas de un plan mayor, una rueda sistémica que siempre sigue y en la que participamos todos como si no hubiese una escapatoria posible.
La ira que tanto conduce ambas historias estadounidense-coreanas acaba convertida en un catalizador para algo más grande, el verdadero motor social que justifica mantener todas estas desigualdades: el egoísmo. Y es que el “yo he sufrido y por tanto merezco tener…” es una justificación constante de los protagonistas de las dos parejas. Curiosamente, una de las parejas vuelve a mostrar a unos millennials, esta vez asentados creyendo formar, por fin, parte de la clase exitosa. Por la otra sus sucesores, una pareja de la generación Z que tiene fe en la transparencia emocional y la exposición, y que confía en la performatividad constante como acceso al ascensor social.

Cuando todo puede ser humor
Este viaje de hormigas aplastadas que solo seguían el camino de otras, está contado con una honestidad brutal y con cero remilgos. La serie no se censura en nada y dentro de la historia que cuenta, sin caer en excesos aunque sin evitarlos cuando lo necesita, en un tono nada serio y muy surrealista para explorar sus propios límites.
Esto es gracias a su cinismo, que no es gratuito, es una forma de alejarse del tono más dramático que tienen propuestas con temáticas muy parecidas como The White Lotus. Consigue mantener un tono mucho más humorístico incluso en sus escenas más duras como ya hizo su temporada anterior.
Es más, se permite de nuevo elevar el listón de forma puntual en el tramo final con escenas de acción que se sienten tan fuera de lugar como perfectas en lo que la trama necesita para darse un poco de aire fresco antes de explotar en su final más dramático. Donde la primera temporada nos llevó a una escena de acción con toques de terror (incluyendo un poquito de gore), aquí se va por la vía de la acción pura con toques de slapstick. Ambas escenas funcionan dentro del realismo mágico que impregna la serie y dentro de su capacidad por mostrar con franqueza una violencia que el espectador ha naturalizado.
¿Esto solo podría suceder en Estados Unidos?
La desigualdad social, el performativismo vacío, el techo de cristal, la ira mal gestionada, el corporativismo extremo. Todo esto es perfectamente viable de desarrollar en una historia hoy en día en casi cualquier rincón del planeta. Sin embargo, hay algo más aquí, y sucede en un capítulo muy especial en el que se convierte a ese sistema privado de sanidad en un infierno. Durante más de 30 minutos acompañamos a la joven Ashley Miller en un paseo por las bondades de un hospital estadounidense. Exagerado o no, lo que aporta esta pesadilla es un giro en la vida de Ashley, dejando atrás cualquier síntoma de empatía que la frenase en sus acciones contra la otra pareja.

Ni una espiral, ni una matrioska, un círculo perfecto
En Bronca tuvimos una estructura en forma de espiral que colapsaba en ese final tan celebrado. En su secuela esto funciona de la misma manera, ya que la tensión que vemos tiene más orígenes, donde antes dos personajes se enfrentaban en una escalada bélica que llevaba al sinsentido, ahora tenemos dos parejas y cuatro personajes. Esto abre el espectro al enfrentamiento intrarrelación y es muy interesante, porque la serie lo usa para generar un círculo.
Lo que sucede puede suceder de nuevo, de otra manera, pero “de la misma”. Todo sigue en su statu quo, independientemente de las hormigas que hayan conseguido sobrevivir a ser aplastadas.
Bronca 2: Cuando el final, no es tal
Lo curioso es que en ambos casos, los cierres, van más allá de estos clímax de acción, suceden siempre en lo que son las secuelas de estas situaciones. El desarrollo de personajes no se limita en ningún momento a su final, ni siquiera al cierre previo al epílogo y tampoco al propio epílogo. El final no llega nunca, porque estamos ante una historia circular de egoísmo, la historia que mantiene al propio capitalismo en pie, rodando sin parar, sin importar a qué hormigas arrolla por el camino.
